La jueza.
Ya de adolecente, acostumbrada a la locura y el delirio, siempre busqué escaparme en la casa de amigas. Intentaba estar lo menos posible en mi casa, por lo menos llegar lo más nocturnamente posible para poder encerrarme en mi cuarto a esperar que fuera otro día.
Las cosas no iban bien, mi padre se había ahogado en una depresión que ni trabajo buscaba, no me acuerdo haberlo visto más que escabulléndose en las noches de forma sigilosa para no ver a nadie, mi madre seguía jugando a la empresaria con dinero de mi abuelo. Nos habíamos mudado de un barrio de clase media a alta a otro de clase media baja para baja, la economía no iba bien, ya mi tía abuela estaba viviendo con nosotros. Mi madre buscaba constantemente en las noches con quién pelear, mi hermano había optado por mi misma solución, pero por su lado. Retornar a la casa era una tortura.
Una noche, la peor noche de mi vida, llegué y mi madre tenía esos ojos especiales. Yo ya había aprendido a distinguir cuando le aparecía su otra personalidad, una personalidad muy peligrosa. Por algún motivo empezó a lanzar las cosas por la cabeza, sin motivo aparente. Responderle fue un error, agarró un martillo y me salió corriendo, me quería partir la cabeza. Empecé a los gritos, mi padre estaba encerrado en el cuarto escuchando todo, mi hermano ya no estaba como era usual. Logré encerrarme en el baño pero ella intentaba entrar, hasta el día de hoy están las marcas de ese día. La puerta resistió, después de rato pensé que le pasaría y cuando sentí que el silencio (más allá de la televisión a todo volumen) era presente me escabullí hacia la casa de adelante. Ella me vio y seguía con el martillo, logré encerrarme en el cuarto de adelante, ella rompió la puerta hasta donde pudo. Por suerte el cuarto era contiguo al cuarto de mi padre, así que él salió y la enfrentó. Mucho no pudo hacer, terminó llamando a la policía. Me pidió que yo hiciera la denuncia, porque era mi madre y "era mi deber". Accedí, quería que le dieran un tratamiento, hasta ese momento pensaba que era producto del alcoholismo. Era lo que decía mi padre.
Ella tomaba alcohol pero sabía disimularlo, cambia de humores según las circunstancias. Cuando estaba en ese estado de locura extrema era una persona de temer. Era muy inteligente, y manipuladora; alcoholizada, en estado de locura o normal.
En el ínterin, al día de la audiencia, se habían calmado las cosas, pero ya no era lo mismo. Por algún motivo yo me había convertido en el enemigo del hogar: le estaba haciendo una denuncia a mi propia madre. Con mi padre habíamos acordado que era para que le obligaran a recibir un tratamiento, nunca me enteré por qué se dieron vuelta las cosas de tal manera que ya hasta mi padre me consideraba la enemiga o parecía que le divertía la situación, habrán sido nervios también de todo lo que él había tenido que estar soportando en el correr de los años.
Fuimos al juzgado de familia todos juntos, era un ambiente horrible, habían monstros disfrazados de niños y mendigos disfrazados de padres. Me acuerdo como si fuera ayer, mi madre se había ido con su tapado de piel de nutria y mi padre con su traje, súper elegantes. Entré a la sala sola, me senté en una silla sola y una Señora se sentó a mi lado (hoy día me enteré que era mi abogada). En frente tenía a la Jueza, me pidió que contara lo sucedido, lo conté y me respondió: "¿ por qué no te vas de tu casa ? ", a lo que le respondí que era menor de edad, si bien tenía diecisiete años en Uruguay la mayoría es a los dieciocho, que no tenía a dónde ir y que mi motivación no era perder a mi madre, que tenía doble personalidad hasta ese momento yo pensaba que era producto del alcohol, sino que la ayudaran. Terminó mi testimonio, llamaron a mi madre que entró acompañada de mi padre. Cuando salió me enteré que la jueza le había consultado a mi padre por qué no se divorciaba de mi madre, en casa estuvieron haciendo burla de ello. Mi padre la defendió, a pesar de todo. La obligaron a ir a AAA y yo la acompañe a ALANON, que es algo como AAA pero para familiares. Una vez bastó, pero no bastó para que la tortura psicológica continuara.
Tiempo después me enteré que mi hermano, entonces ya casi desaparecido, había realizado la misma petición judicialmente, el año anterior. Como era ya mayor de edad, a él le respondieron lo mismo que a mi pero sin buscar una "solución".
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